El accidente sucedido el viernes 1 del mes en curso ha hecho que las autoridades y, sobre todo, los usuarios de las naves aéreas se hayan dado cuenta de cuán cerca hemos estado de una tragedia nacional. A través de un canal de televisión se había anunciado, para el miércoles pasado, un informe completo de la investigación que
Parece que no se ha tomado conciencia de la dimensión del desastre que pudo acontecer y del destino fatal que pudieron sufrir más de 150 pasajeros y tripulantes. Sin un informe oficial es muy difícil determinar cuáles fueron los motivos de este terrible percance, pero, desde luego, no se puede conformar a la opinión pública con que hubo un "aterrizaje de emergencia". Lo que hubo, según testimonio de pasajeros y de algunos expertos, es que el avión del LAB se precipitó a tierra por falta de combustible cuando estaba a pocos minutos del aeropuerto de la ciudad de Trinidad. La fortuna —y tal vez la pericia del piloto— hizo que la aeronave no se destruyera por completo, algo que no hubiese dejado ni un solo sobreviviente de ese vuelo.
Si la aeronave no pudo aterrizar en el aeropuerto de Cobija porque existía mal tiempo y, por tanto, mala visibilidad, el capitán de la nave debió buscar la pista alternativa más cercana. En este caso Río Branco, que está a 15 minutos de Cobija. Pero el avión del LAB se dirigió, inconcebiblemente, hacia Trinidad, que está a 45 minutos de vuelo. El resultado fue que la nave se quedó sin combustible y se precipitó a tierra cayendo entre una arboleda pantanosa. Una cosa es que el comandante, por alguna falla, provoque un "aterrizaje forzoso", buscando el mejor lugar para poner a salvo a los pasajeros. Otra muy distinta es que el avión no haya alcanzado a llegar a la pista por falta de combustible, algo inaudito en un Boeing que tenga sus controles en orden.
Inexperiencia, temeridad, falta de mantenimiento del aparato, el caso es que la DGAC y la ST no pueden permitir este tipo de vuelos y que deben una explicación convincente al país.
